Tokyo 2020, el cuarto aplazamiento en la historia de los Juegos Olímpicos

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Mayo de 2016, a pocas semanas del arranque de los Juegos de Río de Janeiro. En un ambiente de inquietud generalizada, más de 170 científicos de primera fila piden formalmente la suspensión del evento en una carta dirigida a la Organización Mundial de la Salud y al Comité Olímpico Internacional. Figuras como Pau Gasol o Serena Williams se plantean no acudir a la ciudad brasileña, atletas de todas las disciplinas ven desvanecerse sus aspiraciones de medalla, el sector hotelero de la ciudad se echa a temblar.

El responsable, por si no lo recuerdan, fue el virus del zika. De origen africano y transmitido por los mosquitos o por vía sexual, afectó a buena parte de Sudamérica y contagió a miles de personas. Sus síntomas eran leves, pero en mujeres embarazadas podía provocar daños cerebrales al feto, motivo más que suficiente para la alarma. Finalmente, tras varios meses de incertidumbre, los Juegos de la XXXI Olimpiada de la Era Moderna arrancaron el 5 de agosto al ritmo de samba.

La primera vez que se suspendió la cita olímpica fue por culpa de un virus, aunque este de una naturaleza diferente y mucho más mortífera: el virus de la guerra. La capital japonesa había sido designada para albergar las Olimpiadas de 1940. El principal argumento que convenció a los delegados del COI fue que la elección de Tokio haría del movimiento olímpico un fenómeno realmente universal, puesto que, hasta ese momento, los Juegos solo se habían celebrado en países occidentales. Además de ser la nación más industrializada y moderna de Asia, Japón también se había convertido en una referencia deportiva. En las Olimpiadas de 1932, celebradas en Los Ángeles, Japón ocupó el quinto lugar del medallero, y en las siguientes, las de Berlín, sus resultados quedaron a la altura de países como Francia y Suecia y por delante del Reino Unido.

La elección de Tokio fue recibida con una explosión de alegría popular. El Gobierno nipón, de marcado carácter militar y nacionalista, había vendido los Juegos como el billete de entrada del país en el selecto club de las grandes potencias, maniobra que pretendía tanto reforzar el orgullo de los japoneses como sus aspiraciones imperiales en el Pacífico. Y fueron precisamente estas aspiraciones las que dejaron al país sin Olimpiadas: en 1937, Japón invadió China en lo que iba a ser una campaña fácil y rápida. Pero la guerra no tardó en complicarse mucho más allá de lo previsto. Al tiempo que el esfuerzo bélico absorbía cada vez mayores recursos, desde la comunidad internacional se sucedían las llamadas al boicot olímpico. Acuciado por las estrecheces económicas y el creciente rechazo entre su opinión pública, en julio de 1938 Tokio presentó la renuncia a celebrar los Juegos.

La elegida para tomar el relevo fue Helsinki. La modesta capital de Finlandia se enfrentó al reto de completar todas las instalaciones necesarias en solo dos años. El Gobierno y el Ayuntamiento aprobaron fondos especiales y el país entero se volcó, al punto de que muchos particulares ofrecieron sus casas para alojar a los visitantes ante la falta de plazas hoteleras suficientes. Con los preparativos muy avanzados y el calendario de competiciones ya aprobado, el sueño olímpico de Helsinki terminó bruscamente a menos de un año del comienzo de los Juegos. El 1 de septiembre de 1939, la Alemania nazi invadió Polonia, aliada de Francia y Reino Unido. Tres meses después, la Unión Soviética atacaba a la propia Finlandia alegando razones de seguridad. Había comenzado la Segunda Guerra Mundial.

La tempestad se prolongó hasta llevarse por delante también los Juegos de 1944. La votación que había confirmado a Londres como ciudad organizadora tuvo lugar solo unos meses antes de que llegaran los bombarderos de la Luftwaffe, por lo que nunca pasaron de ser un proyecto sobre el papel. Solo un discreto acto oficial, celebrado ese verano en la sede suiza del COI para conmemorar el 50 aniversario del nacimiento de la organización, le recordó a un mundo enloquecido por la violencia que el espíritu olímpico no había muerto del todo.

A pesar de que todavía había escombros en las calles y la población seguía sufriendo el racionamiento de posguerra, Londres insistió en celebrar los siguientes Juegos. Las Olimpiadas de 1948 eran las segundas que acogía la capital británica: justo 40 años antes ya tuvo que encargarse de organizarlas precipitadamente cuando Roma, la elegida por el COI, renunció a un año del comienzo de las competiciones. El motivo esa vez fue la trágica erupción del Vesubio de 1906, que provocó graves daños en la vecina Nápoles. Ante el dilema de destinar los esfuerzos a la reconstrucción de la ciudad o a la celebración de un evento deportivo todavía nuevo y que no gozaba de especial popularidad en el país, el Gobierno italiano optó por lo primero. Roma dejó pasar así un tren que no volvió hasta 1960.

Muy distinta fue la actitud de los alemanes cuando presentaron la candidatura de su capital a los Juegos de 1916. Grandes defensores del movimiento olímpico desde que Pierre de Coubertin planteara su recuperación un par de décadas antes, los alemanes movilizaron cuantiosos fondos, construyeron un soberbio estadio con capacidad para 30.000 personas e incluso contrataron a un famoso entrenador estadounidense para garantizar que sus atletas ganaran una cantidad de medallas a la altura de tanto entusiasmo. En junio de 1914, con dos años de adelanto, Berlín anunció que estaba preparada para albergar los mejores Juegos de la historia. Un par de días más tarde, un fanático nacionalista serbio disparó contra el archiduque Francisco en Sarajevo y puso en marcha un efecto dominó que arrastró a toda Europa a la guerra.

Durante los primeros meses de la contienda, los organizadores siguieron confiando en que los Juegos pudieran celebrarse, y el propio Coubertin abogó por una tregua como las que se decretaban en la antigua Grecia durante las Olimpiadas. Pero la guerra a escala industrial del siglo XX poco se parecía a la guerra heroica de los tiempos de Homero. Con millones de vidas segadas por las ametralladoras, con trincheras abiertas como cicatrices de punta a punta de Europa, el único espíritu que todavía sobrevivía tras dos años de combates era el menos olímpico de todos: el de la victoria a cualquier precio. Aquel 1916 no fue el año de las Olimpiadas de Berlín, fue el de los duelos artilleros masivos y el uso de gases letales, de las batallas de Verdún y del Somme, y no vio más récords que el de las cifras de proyectiles disparados y de bajas causadas.

El virus de la guerra nos dejó sin saber cuántas medallas habrían ganado los atletas alemanes gracias a su flamante entrenador americano, y también sin saber si Jesse Owens habría podido revalidar en Helsinki los cuatro oros que hicieron rabiar a Hitler en los Juegos de 1936, o cómo sería hoy el mundo si Londres hubiera podido celebrar los de 1944 en paz.

¿Y los Juegos de Invierno?

Los Juegos de Invierno nacieron en 1924 como complemento a las Olimpiadas de París. Sus organizadores retomaron la “semana invernal” contemplada en el frustrado proyecto de Berlín 1916 y propusieron que las competiciones de esquí, bobsleigh o patinaje tuvieran lugar en enero en la localidad alpina de Chamonix. La idea convenció y los Juegos de Invierno se consolidaron en el calendario olímpico. Y también sufrieron los mismos vaivenes de la historia: los de 1940, que iban a celebrarse en Sapporo, se los disputaron St. Moritz y Garmisch-Panterkirchen tras la renuncia japonesa, aunque finalmente fueron suspendidos por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Los de 1944, que iban a tener lugar en la estación italiana de Cortina d’Ampezzo, corrieron idéntica suerte. A partir de 1948, los Juegos Olímpicos de Invierno volvieron a celebrarse con total normalidad.